septiembre 21, 2022

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Cuarto Acto – Ahora toca dar las gracias – Por: Alejandro García Rueda

La nuestra es una sociedad heterogénea, altamente desigual en la que empiezan a verse los efectos de la pandemia con respecto a la formación de nuestros estudiantes: Las instituciones educativas, las direcciones, el personal docente y administrativo han hecho malabarismos para mantener a flote el ciclo escolar, para que los alumnos alcancen los aprendizajes esperados, para cubrir las actividades curriculares pautadas e incluso, procurando que los educandos tengan acceso a actividades complementarias.

La necesidades de aprendizaje son atendidas de forma distinta en escuelas privadas y escuelas públicas. En zonas de alta marginación –por ejemplo– no cuentan con acceso a internet y, en algunas localidades, las familias no tienen los recursos necesarios para comprar una computadora, un smartphone o una tablet.

Los estudiantes de educación básica necesitan el apoyo de algún familiar para cumplir con el temario pero los padres y madres de familia no siempre cuentan con el tiempo ni las competencias necesarias para acompañar la escolarización. Se trata de personas dedicadas al campo, a la albañilería, a la crianza y cuidado del ganado, a la prestación de servicios de limpieza en casas y oficinas, entre otras responsabilidades.

Si algo vino a mostrar la pandemia es el compromiso de los docentes, quienes han estado ahí, desarrollando rutas de mejora, planeaciones y estrategias; tomando cursos, aprendiendo a utilizar nuevas tecnologías, actualizándose e impartiendo clases, preocupándose por sostener la educación a distancia entre quienes no tienen acceso a dispositivos móviles.

Si como dicen, la educación no se ha detenido, es en buena medida gracias a ellos, a quienes le hacen frente no solo a la brecha territorial sino también a la digital, a las y los profesores que echan mano de su imaginación para tener comunicación con sus alumnos, recibir sus actividades y ofrecer retroalimentación adecuada. 

Debe quedar claro que el esfuerzo no se detiene en las aulas, pasa por la dirección de la escuela, que brinda seguimiento a la labor del colectivo docente, atiende sus necesidades y funciona como vínculo con las autoridades correspondientes. Eso, sin menoscabo de la labor emprendida por el personal administrativo que realiza los ajustes pertinentes para actuar de la mejor manera posible, registrando la trayectoria escolar de los educandos con la finalidad de expedir la documentación correspondiente y participando en reuniones virtuales semanales llevadas a cabo a través de múltiples plataformas.

Hay que reconocer que la pandemia trajo otro tipo de responsabilidades a quienes forman parte del Sistema Educativo, de un cúmulo de personas que han tenido que mostrar, a través de una cámara, la intimidad de su hogar; que se han desprendido de su privacidad para entablar comunicación con los miembros de la comunidad y que han tenido que poner sus dispositivos móviles al servicio de la educación cuando eminente y evidentemente son efectos personales.

Es muy importante valorar que hay docentes con verdadera vocación que toman una porción de su salario para imprimir cuadernillos y –con las medidas necesarias de higiene y sana distancia– llevarlos a los estudiantes que habitan en las localidades; que con sus recursos, muchas veces sin apoyo del exterior, cada escuela innova y busca dar respuesta a las características de cada comunidad.

La sociedad ha desacreditado su trabajo, la propia autoridad le ha faltado el respeto a la labor del magisterio en más de una ocasión y los maestros se preguntan ahora, con la emisión del acuerdo 16/06/21 por el que se regulan las acciones específicas y extraordinarias relativas a la conclusión del ciclo escolar 2020-2021, cómo podrán lidiar con las afectaciones que tiene tanto para alumnos como para los padres de familia.

De la quinta a la octava sesión de Consejo Técnico Escolar se ha hecho hincapié en el cuidado del factor emocional de los educandos en el marco de la educación a distancia, derivado de la contingencia sanitaria se prevé que ningún estudiante repruebe en el presente ciclo y los maestros se cuestionan cómo explicar la situación a quienes hicieron lo que estuvo en sus manos para cumplir con su trabajo, con las tareas y sobreponerse a vicisitudes como la falta de vías de comunicación. No es, ni de lejos, una tarea sencilla porque la labor del personal nuevamente queda en entredicho. Ellos están en este momento entre la espada y la pared.

La lógica, el sentido común –que es el menos común de los sentidos– dictaría que, más allá de cuestiones burocráticas, sean evaluados los alumnos que tuvieron interés verdadero en tomar clases. Es triste que los docentes estén expuestos en la primera línea de la queja y el reclamo, que tengan que poner la cara por una responsabilidad que no les toca cuando hay muchos casos en los que los estudiantes, aun contando con los medios para tomar clases, no quisieron.

En el discurso, las autoridades repiten una y otra vez que buscan devolver la dignidad al magisterio. Bueno, es una buena oportunidad inmejorable para reconocer la vocación de servicio; para que los directores y subdirectores de diversas áreas, así como los propios supervisores valoren lo que hacen los colectivos docentes.

Cuando alguien se atreva a hilvanar una crítica sobre el accionar del profesorado que labora en zonas de alta marginación o en zonas rurales, debería ponderar que, en el sentido más literal, se está invisibilizando el tiempo, el trabajo y el esfuerzo de quienes aun están paliando con los efectos secundarios que trajo la pandemia a la educación.

Es importante ver su trabajo en su justa dimensión, devolverle la dignidad a esta profesión y visibilizar la problemática que enfrenta la educación actualmente, en donde se buscan alternativas para sostener la educación a distancia y posicionar la imperiosa necesidad de implementar políticas que den respuesta a las complejidades, nuevas y ya conocidas que trajo la pandemia.

Si busca señalar o reprochar el trabajo realizado por el cuerpo docente, hágalo con la conciencia de que han cuidado de sus hijos e hijas de forma admirable. Seguramente habrá excepciones, pero ahora que acaba el curso, se merecen nuestro reconocimiento y agradecimiento. De los problemas de fracaso escolar, de modelo educativo y de falta de medios reales para una educación pública de calidad, ya hablaremos otro día. Ahora toca dar las gracias.

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