abril 18, 2024

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Cuarto Acto – Alejandro García Rueda

El poder de la voz

La decisión de colocar a un candidato como su nuevo representante en el congreso, la alcaldía o en la gubernatura (por poner un ejemplo) atiende de primera intención a la interpretación que como elector se tiene del aspirante en cuestión. Se toma en cuenta si es de trato amable, si resulta un extraordinario conversador, si es educado y conciliador pero uno de los factores que más impacto generan es el poder de su “voz”, entendiendo por ello no solo lo que sale de su garganta sino de su mente.

La gente evaluará lo que el candidato comparte, lo que escribe, lo que proyecta; someterá a escrutinio su verdad, sus conocimientos; pondrá a prueba su inteligencia y revisará, entre todo el abanico de posibilidades, quién tiene realmente la posibilidad de ponerse en el lugar de los ciudadanos. Es por ello que su voz y su forma de hablar deben estar en el mismo canal que sus palabras.

La tarea de elegir las palabras que mejor traducen sus ideas y ajustarlas a frases lógicas se produce de forma automática pero no siempre resulta eficaz porque en ocasiones el mensaje no alcanza a ser comprensible para todos. Es más, aparecen oraciones flojas, con una articulación cerrada y un tanto desdibujada.

Las conferencias de prensa en periodos electorales son el pan de cada día y el candidato no puede darse el lujo de hablar con la boca pequeña. Cuando un político miente, se le nota. Como a todos. En el afán de dar verosimilitud a sus respuestas, de no parecer poco conocedor de los temas que se le cuestionan o dar un aire de cultilocuencia, se mete en un laberinto retórico y de pronto cambia el tono de la interlocución con voces raras.

Generalmente, al comenzar su andar político es cuando el candidato tiende a sentirse nervioso, sin quererlo se muestra poco asertivo e incluso tiene que memorizar su discurso para sentirse seguro. En ese instante puede activar el “piloto automático” pero debe trabajar con la conciencia de que –ya sea dentro o fuera de su equipo– quien busque regar pólvora y ponerlo en la mira, no encontrará polémica sino reflexión, no recibirá ataques sino diálogo, y no escuchará reproches sino conclusiones concretas.

De nada sirve pasar, eso sí, por inteligente si también se luce tenso, crispado o intransigente. Está bien para un político demostrar su capacidad y su preparación pero debe cuidarse y dejar lo de ser “tiburón” para los empresarios que participan en un conocido reality show.

La diferencia inmediata entre ganar o perder estará en la voz. El candidato que busque mostrar y hacer gala de su inteligencia debe darse el permiso de improvisar como lo haría un músico de jazz, respetando la tonalidad, el ritmo y el sentido previamente definido. Si no es capaz de eso o no quiere hacerlo, deberá trabajar el doble, porque entonces su discurso –aunque vaya a ser leído– tendrá que parecer espontáneo. Ese tipo de habilidad la tienen pocos.

Se habla de un personaje cuya exposición ante los representantes de los medios de información será tan constante como necesaria. Se trata de una responsabilidad que el aspirante ha adquirido implícitamente al aceptar el “contrato” y tiene por delante el reto de ser una especie de extremidad de la institución que los abandera. No es un tema menor.

El saludo de puños o de codos, la reverencia, el esbozo de una sonrisa o la foto que más tarde aparecerá en redes sociales es la punta del iceberg. Una candidatura no es solo un cambio en la cara más visible de la organización, significa el paso a una nueva estrategia en la comunicación hacia el exterior.

Es cierto que quienes aspiran a un cargo de elección popular deben enfocarse en el presente pero no está por demás trabajar para sortear obstáculos en el futuro, máxime si se trata de dificultades en la comunicación. Es crucial, por ejemplo, que la vocalización sea precisa: de lo contrario, pueden parecer desorganizados, impacientes o coléricos.

Se observará en lo sucesivo a esos aspirantes que fueron elegidos como candidatos y se verá también su capacidad para “digerir” el discurso que está leyendo. La gente no es tonta, pronto notará quien tuvo la decencia de involucrarse en su dicho y quien dice algo solo porque lo tiene escrito delante.

Los políticos mexicanos, de manera puntual quienes se “estrenan a cuadro”, reaccionan generalmente ante ciertos estímulos externos desde el estómago, con una actitud explosiva y beligerante cuando –además de lidiar diariamente con el rechazo– deben abrir paso a una posición firme, pero reposada y razonada. En estas lides hay en la mesa varios limones y el truco está en probarlos sin hacer gestos.

Cuando el candidato está implicado en el discurso, sus propias palabras son reflejo de sus emociones. Va en evolución constante, no es plano y no se limita a argucias retóricas; se pone en marcha el automóvil discursivo a 447 kilómetros por hora y la emoción en el párrafo siguiente puede ser totalmente distinta. Por lo contrario, un discurso pronunciado a velocidad constante y con pausas de duración similar, suena frío y distante.

El candidato arrasador y de exitoso carácter maneja en su discurso particularmente tres emociones: alegría, tristeza e indignación. Cada una tiene unas características fonéticas particulares, en absoluto intercambiables –atención, señor de impoluta oratoria–.

Dicen que en política las emociones deben estar contenidas, pero solo hasta cierto punto. Hoy en día los votantes valoran la autenticidad por encima de todo. Una prueba que puede no gustar pero la historia misma la hace irrebatible es que Donald Trump obtuvo el apoyo de los votantes porque valoraron y creyeron en lo que dijo.

Al aspirante que mañana puede convertirse en candidato le toca entender que es parte sensible del sistema nervioso del partido que le acoge y será el poder de su voz lo que le ayude a cargar con la presión de ganar . El resto: logotipos, camisas bordadas, militancia, estructuras, simpatizantes, historia, rivales y las urnas; es cuestión de política.

(Imagen de Alexey Ruban en Unsplash)

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