abril 19, 2026

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Cuarto de Guerra — El que narra el sueño de otros

Cuarto de Guerra

“El que narra el sueño de otros”

El 23 de marzo de 1994, un niño de siete años no despegó la mirada de la televisión. Mientras otros correteaban juguetes o esperaban la siguiente caricatura, él observaba absorto el rostro sombrío de Jacobo Zabludovsky. Del otro lado de la línea, Talina Fernández lloraba en vivo: acababan de asesinar a Luis Donaldo Colosio. Nadie le explicó lo que pasaba, pero él lo entendió. Era como si el país, de pronto, hubiera dejado de respirar.

Desde entonces, algo cambió. Sin saberlo, ese niño comenzó a mirar distinto. Supo que lo importante no siempre se decía con voz alta, y que lo urgente no siempre salía en dibujos animados. Se aferró a la comunicación como quien encuentra una brújula en un mundo en ruinas. Años después, logró que un periódico local publicara un texto suyo. No habló con un reportero ni con el jefe de información. Fue directamente con el director, quien sin rodeos le dijo: «Sí, mándalo».

Fue el inicio. De ahí en adelante, semana a semana, compartió páginas con personajes públicos, políticos, columnistas, figuras que antes sólo veía desde lejos. Comenzó con una columna que incomodó, de esas que sacuden lo establecido. Lo llamaron «irreverente», «atrevido», «hereje», pero la tinta había dejado huella. Desde entonces supo que no bastaba con informar, había que tocar nervios.

Cada proceso electoral era para él un Super Bowl político. En lugar de estadísticas deportivas, analizaba portadas, encabezados, discursos, encuadres. Con el tiempo, fue jefe de prensa y también se dio pausas necesarias para seguir su andar en el sector educativo. Pero nunca dejó de sentirlo. No podía. Porque él no escribía desde el ego, sino desde la entraña.

Y así, cuando Andrés Manuel López Obrador aún no era presidente y estaba por enfrentar su desafuero en 2006, algo en él volvió a captar su atención: el entonces Jefe de Gobierno del Distrito Federal ofrecía conferencias matutinas todos los días, incluso sábados y domingos, y tenía respuesta clara, serena y poderosa para cada cuestionamiento. Lo siguió. Lo estudió. Lo escuchó. Como reportero, lo cubrió en sus mítines, lo saludó en más de una ocasión y hasta le hizo un par de preguntas en ruta, antes de que llegara a Palacio Nacional. Estuvo en el campo López Mateos cuando, en un hecho inédito, un presidente visitó después de décadas para entregar apoyos a cafetaleros. Vio, con sus propios ojos, cómo eso cambió la vida de personas que antes solo eran estadísticas para el poder.

Y sin embargo, a pesar de esa historia que podría parecer de escritor de gabinete, su camino lo llevó a otro rol: ser enlace de comunicación. No por un sueldo, sino por convicción, porque cree que desde su trinchera, la comunicación puede mover la aguja, puede sembrar esperanza y puede ser el canal para que Coatepec despierte. Lo ve: el municipio quiere transformarse. Tiene con qué. Lo sueña despierto. Ahí cambió todo. Ya no se trataba solo de escribir, sino de tejer puentes invisibles entre un candidato y la gente. De construir, palabra por palabra, la imagen de alguien más. De ser quien levanta el telón sin ser visto, quien cuida la luz sin subir al escenario.

Ser enlace de comunicación no es posar en las fotos, es decidir si esa toma debe salir o no. No es hablar con el micrófono, es asegurarse de que la entrevista no se desvíe.

Es recibir llamadas a media noche porque alguien tergiversó una declaración; enfrentar al fuego cruzado sin chaleco y con la sonrisa intacta; es corregir, mediar con reporteros, redactar en ocasiones «al vuelo». Es cuidar que el mensaje llegue impoluto… incluso cuando los cristales del ánimo están «a dos» de ser rotos.

Hoy, en plena campaña electoral, ese hombre —aquel niño que vio a Colosio caer— camina las calles de su municipio no con una pluma, sino con un celular cargado al 4%, cargando más ideas que horas de sueño. En el recorrido pudo ajustar el encuadre, marcarle al camarógrafo, enfrentar una crisis en segundos. Mientras otros aplauden o critican, él sigue tras bambalinas, sosteniendo con palabras el sueño de muchos.

Ve a su municipio despertar. Lo ve agitarse como un gigante que quiere volver a confiar. Sabe que una elección no se gana sólo con votos, sino también con verdad, con historia, con convicción. Y aunque en casa no haya premios ni estatuillas, hay algo más valioso: los recortes que una mujer —su abuelita— guardaba con orgullo. La misma que ya no está, pero cuya ternura lo acompaña como una oración susurrada.

A veces, en los pocos minutos que deja la campaña, recuerda los primeros días de su trayectoria. Viene a la memoria el primer texto publicado, las horas escuchando la radio, el sueño que parecía lejano. Y no sabe en qué momento el niño se convirtió en el hombre. Solo sabe que la emoción sigue ahí. Como ese gol que se grita antes de entrar. Como ese silencio profundo que antecede a la transformación.

Ser enlace de comunicación es eso: narrar el sueño de otro, cuidarlo como si fuera propio… y hacerlo realidad.

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